ELENA
El frío no era un dolor, era un golpe que me robó el aliento en el primer segundo. La nieve me azotaba la cara como miles de cristales rotos, pero no me detuve. Joseph estaba afuera. El pequeño niño que me veía como su ancla estaba solo en la oscuridad, y si algo le pasaba, no habría fianza ni abogado que pudiera arreglar el agujero en mi alma.
—¡Joseph! —grité, pero el viento se tragó mi voz.
Corrí hacia el linde del bosque, donde creí ver una pequeña sombra. Mis pies, calzados con lo