Desperté por tercera vez en la noche con el llanto de Mateo. Ya van dos semanas desde que llegamos a casa y no he dormido más de tres horas seguidas —mi cuerpo está hecho un desastre, pero cuando lo cogo en mis brazos y lo calmo, olvido todo el cansancio.
—Oye, mi amor —susurro en su oído, amamantándolo.— Ya está, tranquilo. Mamá está aquí.
Adrián se despierta y se sienta en la cama, frotándose los ojos.
—¿Necesitas ayuda? —me pregunta.
—No, está bien —le digo.— Ya se calmará en un rato. Tú