Me desperté al día siguiente con el aroma de café y rosas. Damian estaba sentado en la ventana, mirando el jardín, con una taza en la mano.
—Buenos días, mi esposa —dijo, sonriendo cuando me vio despertar.
—Buenos días, mi marido —respondí, y me sentí caliente en las mejillas. Aún no me acababa de acostumbrar a esa palabra.
—La abuela me dijo que te esperaba en el pozo —dijo. —Ya es hora de descubrir lo que hay dentro.
Me vestí rápidamente — un vestido claro de algodón — y fuimos al rincón oscu