Después del beso, la fiesta estalló. La guitarra se unió a un acordeón, y los invitados empezaron a bailar en el jardín. La abuela Margarita estaba en el centro, bailando con el capitán Márquez, y mamá estaba llorando de alegría mientras comía una galleta de coco.
Damian me cogió la mano y me llevó hasta el pozo oculto, lejos del bullicio. Estaba caminando con total normalidad, y aún no me acababa de acostumbrar.
—¿Por qué lo hiciste? —pregunté. —Por qué te hiciste pasar por paralítico todo est