El salón de baile del hotel Claridge's en Londres era un despliegue de opulencia que hacía que la mansión de los Vargas en Venturis pareciera una casa de muñecas. El aroma a perfumes caros y el sonido de los violines llenaban el aire. Elena entró del brazo de Alek, sintiendo cómo cientos de ojos se clavaban en ellos. El vestido rojo carmesí fluía tras ella como una advertencia de sangre.
—Mantén la cabeza alta —le susurró Alek, su voz apenas un roce en su oído—. Aquí no se muerde con gritos, se