La lluvia de Londres caía con una violencia inusual, golpeando el techo del Maybach como si fueran miles de dedos acusadores. Dentro del vehículo, el silencio era tan denso que Elena podía escuchar el latido errático de su propio corazón. Alek permanecía a su lado, inmóvil, con la mirada fija en el cristal empañado.
—¿Por qué no respondes, Alek? —la voz de Elena era un susurro cargado de una angustia nueva—. Dante acaba de decirme que tú estuviste allí. Que tú sabes qué pasó en el accidente de