A mediodía, el sol entraba con una insolencia radiante por los ventanales, iluminando cada rincón de mi prisión de seda. Alaric entró primero, vestido con sus galas de Alpha, irradiando un orgullo que me quemaba la sangre. Detrás de él, el aire se volvió pesado, saturado de un perfume de jazmín que conocía demasiado bien.
Apareció ella. Elara Mendoza. Caminaba con una elegancia triunfante, luciendo un vestido que resaltaba una figura que, lógicamente, no debería estar tan recuperada tras un sup