La lluvia no cesaba. Se convirtió en una cortina espesa que borraba los límites entre el cielo y la carretera de la costa. Sol conducía con una concentración feroz, sintiendo el motor del blindado vibrar bajo sus pies, un recordatorio constante de que estaban vivos por puro instinto. A su lado, Alex respiraba con dificultad. El olor a s@ngre fresca llenaba el habitáculo, mezclándose con el aroma a cuero y lluvia.
—Ya casi llegamos —dijo Sol, girando el volante hacia un camino de tierra casi inv