El sonido era metálico, seco, como si alguien estuviera golpeando los pilotes de madera con una piedra o el cañón de un arma. Sol se quedó petrificada, con la mano aún sobre el hombro vendado de Alex. El refugio, que hacía un minuto parecía un oasis de calma, se convirtió en una trampa sobre el mar.
—Apaga la lámpara —susurró Alex. Sus reflejos de guerrero se activaron al instante, ignorando el dolor de su hombro.
Sol sopló la llama. La oscuridad los envolvió, rota solo por los relámpagos que i