Las luces rojas de emergencia bañaron el pasillo, transformando el rostro de Alex en una máscara de sombras y ángulos agresivos. El estruendo de la alarma no era una advertencia; era un grito de guerra.
—Quédate detrás de mí —ordenó Alex, desenfundando una pistola de su cinturón con un movimiento fluido.
—Ni lo sueñes, Moretti —respondió Sol, apretando el frasco de cristal en su bolsillo. No iba a ser la carga que él arrastrara por los pasillos.
Alex la miró de reojo, sorprendido por la firmeza