—Claro, amiga —dijo ella, sonriendo con ternura.— La casa es tuya. Siempre será tuya.
Me quedé en la casa de Rosa. Al día siguiente, ella me dio trabajo en el café —limpiar mesas, servir café negro y con leche, cocinar tostadas y huevos fritos. No pagaba mucho —solo 150.000 guaraníes a la semana— pero era suficiente para comprar pan, leche y algo de fruta. Rosa me dio un cuarto pequeño en la planta alta, con una cama de una plaza, un escritorio de segunda mano y una ventana que miraba hacia la