Pasaron dos años desde el nacimiento de Martina. Ahora tenía dos años: era pequeña, morena, con pelo rizado que le hacía coletas y ojos marrones oscuros que brillaban cuando sonreía. Siempre estaba jugando en el café, con los juguetes que Rosa le compraba en la tienda de segunda mano.
Yo tenía 22 años. Había trabajado en el café todos esos años, y Rosa me había aumentado el sueldo —ahora ganaba 250.000 guaraníes a la semana, lo suficiente para pagar algo de ropa para Martina, comida y un poco d