La lluvia sobre Monterrey no lograba limpiar el rastro de la m@tanza. Sol y Alex se ocultaban en un motel de carretera, un lugar donde el lujo era un recuerdo lejano y el suspenso se respiraba en cada crujido de la madera. Sol observaba el mensaje en su teléfono una y otra vez. El nombre de su padre, Valerio, era una herida que creía cerrada, pero que ahora supuraba una verdad aterradora.
—Mi padre no era un contable, Alex —dijo Sol, rompiendo el silencio mientras limpiaba la herida del muslo d