El olor fue lo primero.
No a tierra, ni a lluvia. Ni siquiera a sangre, que últimamente parecía ser nuestro perfume compartido. Era algo más denso. Algo que me arañó la garganta desde el momento en que abrí los ojos: traición.
Corrí hacia la torre sur cuando la alarma sonó. El cuerno no mentía. Un clan había roto la tregua. Y no cualquiera. Los Drakov, esos malnacidos de sonrisas falsas y espadas relucientes, acababan de abrir un portal en mitad de nuestro territorio.
—¿Dónde está Kian? —grité,