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La habitación estaba en silencio, salvo por la respiración tranquila de Kian, que parecía ajeno a la tormenta que se desataba en mi interior. Lo observé dormir, con el pecho subiendo y bajando, como si el mundo fuera simple y seguro, como antes.

Mis dedos rozaron su mejilla suavemente, un contacto ligero que quemaba más que mil llamas. ¿Cómo decirle adiós cuando las palabras se me atoraban en la garganta? ¿Cómo explicarle que esta vez no había vuelta atrás?

La oscuridad de la noche se colaba po
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