La emboscada no fue una sorpresa. Tenía la piel acostumbrada a la paranoia, y el instinto, afilado como una daga, me alertó demasiado tarde. El aire a mi alrededor se espesó, como si la misma oscuridad se acercara a devorarme. En un abrir y cerrar de ojos, sentí cómo fuerzas invisibles me arrastraban hacia un lugar que no era este mundo. El frío se filtró hasta los huesos y, cuando por fin abrí los ojos, me encontré encerrada en un plano oscuro, un vacío que no era vacío.
Las sombras no solo er