Volver a casa nunca había sido tan amargo y dulce al mismo tiempo. Cruzar el umbral de nuestro refugio y encontrar a Kian allí, desplomado contra la pared, con la respiración agitada y las manos manchadas de tierra y sangre, fue como recibir un golpe directo al pecho. Su piel pálida contrastaba con esos ojos que, a pesar de todo, brillaban con un fuego que parecía negarse a apagarse.
—Lina... —su voz fue un susurro roto, como si cada palabra le costara un esfuerzo enorme—. Estuve a punto de per