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Desde que regresé del Templo de Alba, algo no estaba bien.

Las noches eran demasiado silenciosas. Los lobos del bosque se escondían en sus guaridas y ni siquiera el viento parecía atreverse a tocar los árboles. Pero lo peor no era eso. Lo peor era que yo ya no dormía sola… y no hablo de compañía física.

Sentía su presencia.

Su mirada.

Incluso despierta.

Al principio, lo confundí con paranoia. El cansancio podía jugarle malas pasadas a la mente. Pero con cada amanecer, la sensación se intensifica
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