Desde que regresé del Refugio de las Almas, algo en Kian había cambiado. No era solo la frialdad habitual que a veces lo envolvía cuando sus demonios internos lo acosaban; esta vez era diferente. Más profunda. Más oscura. Como si un fragmento de esa sombra que yo había visto en mis visiones se hubiera instalado bajo su piel.
Los susurros en la manada eran cada vez más frecuentes. A veces los escuchaba cuando nadie se daba cuenta, como ecos entre los árboles o en el viento que rozaba las ramas.