A veces, el silencio dice más que todas las palabras. Y en la madrugada en que partí sola hacia el Refugio de las Almas, el bosque entero guardó un silencio denso, como si supiera que estaba a punto de cruzar un umbral sin retorno.
Había escuchado sobre ese lugar en susurros, en los cuentos de las sanadoras y en los rezos de los ancianos. Decían que quienes entraban no siempre salían. Que el Refugio elegía a los dignos y rechazaba a los débiles. Y, sin embargo, si había una mínima posibilidad d