El frío de la madrugada aún cubría el claro cuando llegué al círculo de piedras donde Asha solía esperarme. La niebla reptaba por el suelo como un susurro, y el aire olía a tierra húmeda y hojas quemadas. Asha, con su túnica parda y el cabello trenzado con plumas, me observaba en silencio mientras me acercaba. Sus ojos, de un ámbar profundo, parecían leerme sin necesidad de palabras.
—Hoy no correrás, loba —dijo, con su voz rasposa y sabia—. Hoy vas a recordar.
Me detuve a unos pasos de ella, s