Mundo ficciónIniciar sesiónPRIMERA PARTE: LA FOGATA
La noche había caído sobre el claro como un telón de terciopelo negro. Las llamas de la fogata, ya sin la euforia de la primera noche, bailaban con pereza, lamiendo los troncos con lenguas anaranjadas que apenas iluminaban un círculo de unos pocos metros. Más allá, las tiendas se erguían como fantasmas mudos, cerradas, silenciosas.
Los tres chicos estaban sentados alrededor del fuego. Solos.
Leo sostenía una botella de whisky, de esas de etiqueta negra que se reservan para ocasiones especiales. Bebió directo, un trago largo, y sintió el calor artificial extenderse por su pecho. Pasó la botella a Diego, que la tomó sin prisa, bebió con la misma parsimonia con la que hacía todo, y se la devolvió.
Martín no bebió. Martín apenas miraba. Tenía la vista fija en las brasas, como si esperara ver en ellas el futuro que no se atrevía a imaginar.
Sobre una piedra plana, al lado de Leo, había una pequeña bolsa plástica. Dentro, polvo blanco. Cocaína. La habían comprado hacía semanas, guardada para un momento especial. Para una celebración. Para esto.
—Toma —dijo Leo, ofreciéndole la botella a Martín—. Te hace falta.
Martín negó con la cabeza. Un movimiento corto, seco.
—No. Ya bastante tengo con lo mío.
Leo rió. Una risa sin humor, una risa que no llegaba a los ojos.
— ¿Lo tuyo? Lo tuyo es miedo, Martin. Y el miedo se quita con esto.
Se inclinó sobre la piedra, cortó una línea con el borde de una tarjeta, la aspiró. Cerró los ojos un momento, dejando que el químico hiciera su trabajo. Cuando los abrió, algo había cambiado en su mirada. Un brillo nuevo. Peligroso.
Diego observaba sin moverse. Sus ojos grises parecían absorber la escena sin emitir juicio. Sin emitir nada.
— ¿Y tú? —Preguntó Leo—. ¿No vas a entrarle?
Diego tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz sonó como siempre: plana, sin inflexiones.
—Después.
El silencio volvió a instalarse. Solo el crepitar de la madera y el rumor lejano del río acompañaban la noche.
Martín rompió el silencio con una voz tan baja que casi se pierde entre las llamas.
—No entiendo cómo pueden estar tan tranquilos.
Leo sonrió. Una sonrisa lenta, que se fue ensanchando hasta mostrar los dientes.
— ¿Tranquilos? Yo no estoy tranquilo, Martin. Yo estoy... preparado.
Diego asintió, casi imperceptiblemente.
—Es la misma noche que cualquier otra —dijo—. Solo que esta noche sabemos lo que va a pasar.
Martín los miró a ambos. La luz del fuego creaba sombras danzantes en sus rostros, acentuando los pómulos, hundiendo los ojos. Parecían otra cosa. No sus amigos. No las personas con las que había compartido risas y confidencias durante años.
— ¿Y si no dicen nada? —Preguntó, con un hilo de voz—. ¿Y si todo esto es un invento nuestro?
Leo se inclinó hacia adelante. El movimiento fue rápido, y Martín sintió el impulso de echarse hacia atrás.
— ¿Tú estabas en el bar, Martin? —La voz de Leo era baja, pero cortaba el aire—. ¿Escuchaste lo mismo que nosotros?
Martín asintió, sin palabras.
—No hay pero —dijo Leo, anticipando la objeción—. Ellas hablaron. Nosotros escuchamos. Y ahora vamos a averiguar la verdad.
Diego remató la frase con una sentencia que sonó a epitafio.
—A nuestra manera.
La droga empezaba a hacer efecto en Leo. Sus ojos brillaban más, sus movimientos se volvían más rápidos, más erráticos. Se levantó, dio unos pasos alrededor de la fogata, miró las tiendas, el bosque, el cielo estrellado. Luego volvió a sentarse, pero la energía no lo abandonaba.
— ¡Ya sé! —Exclamó de repente—. Vamos a hacer una apuesta.
Martín lo miró sin comprender.
— ¿Qué?
—Una apuesta de verdad —dijo Leo—. De hombres.
Diego levantó una ceja. Interés.
—Apostamos a quién dura más tiempo teniendo sexo con su mujer —Leo soltó las palabras como quien suelta una bomba—. Aquí mismo. En las tiendas. Sin que ellas sepan que es una competencia.
Martín abrió los ojos como platos. El horror se dibujó en su rostro.
— ¿Estás loco?
Leo rió, una carcajada que sonó hueca en la noche.
—Loco, no. Inspirado.
Diego guardó silencio unos segundos. Luego, con esa calma que helaba la sangre, preguntó:
— ¿Y qué gana el que dure más?
Leo lo miró. Sus ojos brillaban con un destello de locura contenida.
—El que dure más... gana el derecho a hacer lo que quiera con la suya. Cuando esto termine.
Diego asintió lentamente.
—Me gusta.
Martín negaba con la cabeza, un movimiento mecánico, como si no pudiera controlarlo.
—Yo no puedo —dijo—. Yo no quiero.
Leo se levantó y se acercó a él. Se agachó a su altura, puso una mano en su hombro. La voz se volvió casi tierna, y eso era más aterrador que cualquier grito.
—Martin... mira. Esto no es solo por nosotros. Es por ellas. Para saber la verdad. Y si es verdad... bueno, entonces la apuesta tendrá sentido, ¿no?
Martín temblaba. Miró hacia la tienda de Clara. Allí dentro, dormía la mujer que amaba. La mujer que, según las risas del bar, lo engañaba con otro.
—Ella me quiere —susurró, con los ojos llenos de lágrimas—. Yo sé que me quiere.
Diego habló desde su lugar, sin moverse. Su voz llegó como un cuchillo.
—Entonces no tienes nada que temer. Solo demuéstranos que eres hombre.
La palabra cayó como una piedra en un pozo. Hombre. ¿Qué significaba ser hombre? ¿Esto? ¿Esta competencia absurda y macabra?
El silencio se alargó hasta volverse insoportable. Solo el fuego, siempre el fuego, acompañaba la espera.
Martín cerró los ojos. Vio el rostro de Clara. La recordó riendo, saltando, trepando árboles, diciéndole "te quiero". Luego vio las caras de Leo y Diego, esperando su respuesta.
Cuando abrió los ojos, supo que había perdido algo que nunca podría recuperar.
— ¿Cómo... cómo empezamos?
Leo sonrió. Una sonrisa que no era de alegría.
La noche acababa de dar su primer giro hacia el abismo.
SEGUNDA PARTE: EL PRIMER TURNO
Leo no esperó más. Se levantó, sacudió la tierra de sus jeans y caminó hacia la tienda de Valeria con paso firme. Antes de entrar, se volvió hacia los otros y les dedicó una última mirada. Una mezcla de desafío y complicidad.
—Doce minutos —dijo—. Ese es mi récord personal. A ver quién me gana.
La cremallera se abrió y se cerró tras él.
Martín y Diego se quedaron solos frente al fuego. Diego sacó su reloj, lo puso sobre una piedra, y esperó.
Dentro de la tienda, Valeria estaba despierta, leyendo con una linterna. Cuando vio entrar a Leo, una sonrisa iluminó su rostro.
— ¿Te aburriste de la fogata? —preguntó.
Leo se metió en el saco de dormir a su lado.
—Me aburrí de estar sin ti —respondió, y la besó.
Ella respondió al beso con la pasión de siempre, sin saber que cada caricia era medida, cada movimiento cronometrado. Afuera, Diego miraba el reloj.
Pasaron los minutos. Siete. Ocho. Nueve.
Martín no podía mirar. Tenía la vista clavada en el suelo, pero los sonidos que llegaban desde la tienda atravesaban la noche como puñaladas.
Diego, impasible, seguía mirando el reloj.
A los doce minutos exactos, la tienda dejó de moverse. Unos segundos después, Leo salió, con una sonrisa de satisfacción en el rostro. Se acercó al fuego, se dejó caer en el tronco.
—Doce minutos —anunció—. Exactos.
Diego asintió.
—Ahora veremos.
Se levantó, y sin prisa, sin mirar atrás, caminó hacia la tienda de Sofía.
TERCERA PARTE: EL SEGUNDO TURNO
Sofía estaba despierta cuando Diego entró. No leía, no miraba el techo. Simplemente estaba allí, esperando. Como si supiera que algo iba a pasar.
—Diego... —dijo, con una mezcla de sorpresa y felicidad—. Pensé que no vendrías.
Él se sentó a su lado, rozándole el hombro.
—Siempre vengo.
Ella sonrió y lo abrazó. Pero había algo en el abrazo de él que no terminaba de encajar. Una rigidez, una distancia que ella interpretó como cansancio.
— ¿Estás bien? —preguntó—. Te noto raro.
Diego la besó para evitar responder.
—Estoy bien.
Se besaron. Sofía cerró los ojos. Diego los mantuvo abiertos. Miró el techo de la tienda, contando los segundos en su cabeza.
Ella, en el clímax, susurró su nombre.
—Diego... Diego...
No dijo otro nombre. Solo el suyo. Solo él.
Pero Diego no lo notó. O quizás sí, pero ya no importaba. La decisión estaba tomada mucho antes de entrar a esa tienda.
Afuera, Leo miraba su reloj.
—Dieciocho minutos —murmuró, admirado a pesar de todo—. Ese carajo es de otro planeta.
Martín, a su lado, temblaba.
—Yo no puedo hacer esto —dijo—. Yo no quiero saber.
Leo puso una mano en su hombro.
—Ya casi es tu turno. Aguanta.
Diego salió de la tienda con su paso lento de siempre. Su rostro no delataba nada. Ni satisfacción, ni cansancio, ni emoción alguna. Se sentó junto al fuego.
—Dieciocho —dijo.
Leo silbó entre dientes.
—Hijo de puta.
Diego miró a Martín.
—Te toca.
Martín tragó saliva. Miró la tienda de Clara. No se movía.
—Vamos —insistió Leo—. Es tu turno.
—No quiero —susurró Martín, con la voz rota.
Diego lo miró con sus ojos vacíos.
—No es opcional.
Martín se levantó. Las piernas le temblaban. Cada paso hacia la tienda de Clara era como caminar hacia su propia ejecución.







