Thor se acercó lentamente a la cama. Sus pasos eran pesados, el corazón acelerado, el semblante serio. La habitación del hospital estaba envuelta en un silencio denso, roto solo por el sonido constante del monitor cardíaco al lado de Isabela.
—Buenas tardes, Leticia —dijo con voz firme, aunque contenida.
Leticia lo miró con los ojos enrojecidos, marcados por la noche en vela y por el susto que aún pesaba sobre su alma.
—Casi pierdo a mi hija, Thor… a mi nieto —su voz tembló—. ¿Por qué hiciste e