Sabrina y Mauricio llegaron al apartamento de él. Ella respiró hondo cuando la puerta se cerró a sus espaldas, como si ese simple gesto tuviera un peso simbólico: era la primera vez en años que un espacio le pertenecía de verdad —sin rejas, sin el ruido metálico de llaves, sin sirenas resonando a lo lejos. El silencio que la envolvía no era el de la prisión, pesado y opresivo. Era el silencio de la libertad. De la elección.
Mauricio se acercó por detrás, la rodeó con un abrazo firme y apoyó el