Dentro, el juez de paz ya los esperaba. La mesa, sencilla y ordenada, tenía sobre ella la licencia de matrimonio abierta, algunos sellos al costado y esa atmósfera formal que llenaba el lugar de paredes claras. Era una ceremonia administrativa: sin flores, sin adornos, sin excesos. Solo miradas, firmas y el peso de un compromiso que, para ellos, existía mucho antes del papel.
—Buenos días —saludó el juez con cordialidad—. ¿Trajeron los anillos? ¿Desean incluirlos en la ceremonia?
Gabriel endere