La cámara se movía mientras la madre caminaba. El corazón de Gabriel se aceleró un poco: dar buenas noticias siempre traía ese cosquilleo delicioso en el estómago. Cuando la imagen se estabilizó, la abuela apareció en la pantalla, acomodándose en la cama, con la cofia y la bata que delataban que ya estaba lista para dormir.
—Bendición, abuela.
—Dios te bendiga, hijo mío —respondió Adelaide, con una sonrisa que lo transportó directo a sus recuerdos de infancia.
Gabriel no pudo resistirse a brome