Los esbirros obedecieron, inmovilizándola aún más. Uno de ellos le empujó los hombros contra la pared, mientras el otro le inmovilizaba las muñecas.
El líder avanzó de nuevo, ahora pegando su cuerpo al de ella, su peso y su presencia aplastando cualquier espacio restante. El aliento caliente golpeaba la cara de Isabela, pero ella mantenía la mirada fija, la barbilla alta.
- Necesitarás más de dos para que baje la cabeza -le espetó, casi rozándole la oreja.
Él le sonrió, pero era una sonrisa