Isabela mantuvo el mentón en alto, incluso rodeada por hombres armados. El aire en el pequeño cuarto estaba cargado, saturado por el olor a cigarro, sudor y peligro.
—No tengo por qué darte explicaciones —escupió, las palabras saliendo como veneno.
El jefe del morro avanzó un par de pasos. Sus ojos entrecerrados la estudiaban con calma, como quien analiza un problema que está a punto de eliminar.
—Te lo voy a repetir para que lo entiendas: ¿pensaste que podías esconderte en mi favela sin que yo