Zoe tardó unos segundos en responder. Miró a Arthur, que estaba sentado a su lado, y encontró en él esa mirada que ya conocía tan bien: atenta, protectora, cargada de preocupación. Él extendió la mano, y ella la tomó, sintiendo el calor firme de sus dedos.
—Voy a ir —dijo, simple, pero con una firmeza que no dejaba espacio a dudas.
Arthur no soltó de inmediato.
—Amor… no tienes por qué ponerte en esa situación.
—Tranquilo, mi vida. Estoy bien.
Él pasó la otra mano por la pierna, visiblemente ne