Zoe dejó que una lágrima resbalara en silencio y, sin poder contener la emoción, se inclinó para abrazarla. Permanecieron así, unidas, meciéndose con la brisa suave de la noche.
Al otro lado de la casa, en el despacho de Otto, padre e hijo estaban sentados en butacas de cuero. La botella de whisky entre ellos era pura decoración, ya que Arthur había dejado de beber.
Otto lo observaba en silencio, con una sonrisa discreta en el rostro.
—Entonces… ella volvió a casa —dijo Otto, con un tono de sor