Gabriel apagó la ducha y envolvió a Ava en una toalla suave. Ella mantuvo los ojos fijos en los suyos. Él la atrajo hacia sí, secando cada parte de su cuerpo con cuidado y ternura, sin prisa, como si estuviera tocando un tesoro.
—Ven, amor… —murmuró con voz baja, tomándola en brazos como si no pesara nada.
La levantó y la llevó hasta la cama. La recostó con una delicadeza infinita, y luego se tumbó a su lado, atrayéndola hacia su pecho desnudo. La cabeza de ella quedó justo sobre su corazón, qu