Ella estaba allí. De pie, apoyada en la puerta, como un huracán a punto de arrasar con lo poco que quedaba de él. Pero, al mismo tiempo, había algo en sus ojos —una mezcla de sorpresa y dolor— que la traicionaba.
Porque Zoe también se quedó paralizada.
Había llegado cargada de furia, dispuesta a gritar, a exigir respuestas, a herir. Pero lo que encontró en aquella habitación no fue al hombre que odiaba, sino a un cuerpo roto. Un hombre pálido, debilitado, con la mirada vacía y la sombra del rem