La manilla giró despacio, como si quien estuviera al otro lado de la puerta dudara antes de entrar. Un crujido suave delató la apertura del cuarto. Zoe, encogida en la orilla de la cama con los ojos rojos e hinchados, alzó el rostro con cierta dificultad. Cuando vio quién estaba allí, sus ojos se llenaron aún más de lágrimas.
—Amiga… —susurró con la voz quebrada, levantándose de golpe. Sin pensar, cruzó el cuarto en unos pocos pasos y abrazó a Celina con fuerza, como si ese gesto fuera su único