Sabrina estaba impecable, sentada en el sofá como si fuera dueña del lugar. Su cabello rubio estaba recogido en un moño elegante, la bata doblada reposaba junto al sillón, y en sus labios descansaba una leve sonrisa —fría, calculada, como de porcelana.
Se levantó lentamente, acomodó la falda con delicadeza y caminó hacia Zoe con la seguridad de quien pisa territorio conquistado.
—Buenas noches, querida Zoe. ¿Cómo estuvo tu luna de miel? ¿Disfrutaste bastante tu cuento de hadas?
—Mi vida persona