Celina se pasó la mano por el rostro, ahogada por el dolor.
—Y lo peor… es que yo me culpaba. Me castigaba cada día. Me repetía que todo aquello era un castigo. Porque me había entregado a César antes del matrimonio, desobedeciendo la educación que mis padres me dieron. Mi madre siempre decía que el sexo era solo después del altar. Y porque… me casé con un hombre que ellos jamás aprobarían. Traicioné los valores que me enseñaron… y por eso… pensaba que merecía todo aquello.
Acarició su vientre