Thor sujetó a Celina por los hombros. Ella estaba en estado de shock, sucia, con el rostro empapado en lágrimas y sollozos contenidos. La guió hasta la furgoneta, atravesando el cordón de seguridad.
—¡Lárgate, asesina! —gritó alguien desde la multitud.
—¡Es poco para lo que hiciste! —vociferó otra mujer, lanzando otro huevo que se estrelló en el capó de la furgoneta.
—¡Arderás en el infierno, desgraciada! ¡A las adúlteras hay que lapidarlas en plaza pública! ¡Sinvergüenza!
Entraron rápidamente.