Celina negó con la cabeza, los ojos rojos de tanto llorar.
—No quiero dormir… necesito saber cómo está él… por favor…
Zoe le apretó la mano, firme.
—No vas a dormir; solo vas a poder respirar mejor. Confía en nosotras, amiga. Necesitas calmarte o terminarás ingresada.
La enfermera se acercó con la jeringa preparada. Celina dudó, pero al mirar el monitor al lado, mostrando sus latidos tan descompasados, asintió con un gesto débil.
El pinchazo fue rápido. El líquido tibio recorrió su brazo como u