El reloj marcaba casi el mediodía. La luz fría y pálida de una mañana de invierno se filtraba en la habitación del hospital. Afuera, el cielo seguía gris. El suero goteaba lento en el soporte metálico; la manta pálida cubría el cuerpo de Celina; los aparatos pitaban en intervalos regulares. Thor estaba allí, vigilante, con los ojos hundidos y el cuerpo exhausto. No había dormido ni un minuto en toda la madrugada.
Cada vez que entraba una enfermera, él se incorporaba, atento, queriendo saber cad