Al llegar a la puerta de la habitación, la enfermera la empujó con suavidad.
—Aquí está, señor —dijo con voz baja—. Ella está dormida. El suero ya está casi ajustado.
Thor entró despacio, como si cruzara la línea tenue entre la tormenta y la paz. Allí estaba Celina, acostada, el cabello desparramado sobre la almohada, la expresión cansada pero serena. El vendaje en la frente contrastaba con su piel clara. A su lado, el soporte del suero goteaba con ritmo constante, único sonido que llenaba el a