El atardecer derramaba una luz dorada a través de las rendijas de las cortinas, llenando la habitación de Celina con un resplandor suave que contrastaba con el torbellino dentro de ella. Acostada en su cama, mantenía los ojos fijos en el techo, intentando contener las lágrimas. A su lado, Zoe permanecía en silencio, respetando el dolor de la amiga, ofreciendo solo su presencia como consuelo.
Celina respiraba hondo, como si buscara fuerzas en el propio aire. El pecho le dolía. Para ella, el matr