El silencio aún flotaba como un fantasma cuando Celina abrió los ojos. Las lágrimas corrían calientes por su rostro, pero ya no había sollozos. Solo quedaba el sabor salado de la humillación, del dolor y de la injusticia. Su cuerpo, tirado en el suelo, le parecía extraño, como si hubiera dejado de ser víctima para transformarse en algo nuevo, todavía en formación.
Con un gesto brusco, se levantó. La rodilla temblaba, pero no vaciló. Se secó el rostro con las manos, borrando las lágrimas con fue