Celina bajó en el ascensor con el corazón acelerado, los pasos tambaleantes como si sus piernas ya no tuvieran fuerza para sostenerla. Cuando atravesó la puerta giratoria del edificio de Brown Abogacía, la luz del día golpeó sus ojos y la obligó a cerrarlos por un instante. El aire de la calle le pareció más liviano que la tensión que había dejado en aquel piso.
El sonido de sus tacones resonaba en la acera a medida que se alejaba del despacho. El corazón aún latía desbocado, la respiración era