Celina no pudo contenerse. Una risa se le escapó, ligera, liberadora, aunque cansada.
— Solo tú para hacerme sonreír en un momento como este.
Zoe se apoyó en el escritorio de Celina como quien se prepara para escuchar un gran secreto; guiñó un ojo y señaló:
— ¡Para eso estoy aquí! Porque, cariño, nadie — y repito, nadie — en esta empresa habla de otra cosa que no seas tú, Celina. ¡La mujer discreta, delicada y educada que hoy… se convirtió en una auténtica onza Marruá!
Celina abrió los ojos