Celina soltó una risa débil, pero auténtica. Por primera vez en el día, su rostro se suavizó.
Zoe recogió la mesa, lavó los platos y las dos se quedaron conversando hasta tarde. Cuando la amiga se fue, dejando un beso y un “aquí estoy para lo que sea”, Celina se cepilló los dientes, se sentó en la cama y encendió la computadora portátil.
Abrió el archivo de la novela que había comenzado en la casa de campo y dejó que sus dedos volaran sobre el teclado. Las ideas llegaron como un vendaval, y cua