Celina soltó una carcajada.
—Zoe, estás loca. ¿Quién compara un examen con unas pinzas?
—Pues, ¡dolor es dolor! —Zoe se encogió de hombros—. ¡Y el mío fue de los bravos! Pero dime, Celina, ¿tú estudiaste en la universidad?
—No... iba a hacerlo, pero conocí a César. Cuando me casé, me dediqué solo a él. Me arrepiento. Nunca me animó a crecer.
—Claro, ¿qué esperabas? Seguro es de esos hombres que disfrutan ver a una mujer totalmente dependiente. Pero eres joven, amiga. Aún tienes tiempo. Haz una