El sol entraba suave por las ventanas del orfanato. El día estaba tranquilo, lleno de risas de niños y olor a tiza.
Arthur apareció por el pasillo con una sonrisa y una caja en la mano. Cuando Laura lo vio entrar, su rostro se iluminó.
—Hola, grandote.
—Hola, preciosa. Tus chocolates favoritos. —Le tendió una caja de bombones envuelta en cinta roja.
—Si sigues así, me engordarás.
Arthur se acercó despacio, dejando los bombones sobre el escritorio. Puso una mano en su mejilla y la besó con ternu