Lissandro estaba en el despacho de su hogar, concentrado en unos documentos mientras la luz de la tarde caía en oblicuo sobre la pantalla de su laptop. El ceño fruncido le marcaba la frente; hoy había llamadas, reportes y decisiones que no admitían distracciones. Trabajaba con la eficiencia de quien sabe que cada minuto define un resultado.
Anna entró a hurtadillas, como solía hacerlo cuando quería sorprenderlo. Tenía un muffin de arándanos en la mano y la ropa olía a jardín y a calma. Llevaba