Los gemelos caminaban por el jardín del orfanato con la calma de quien conoce cada baldosa, cada puerta y cada risa que allí habita. Arthur llevaba las manos en los bolsillos del abrigo, el paso medido; Cristian, a su lado, tenía la sonrisa fácil, esa mezcla de orgullo y ternura que le brotaba cada vez que hablaba de Luz. La conversación fluía tranquila, íntima, como si el edificio mismo los acogiera.
—Te lo he dicho mil veces —dijo Arthur con voz cálida—, no fue cosa del destino. Fue una suma