Anna se removió entre las sábanas, con los ojos aún hinchados por el llanto. El silencio de la casa la envolvía, roto apenas por el golpeteo de unas voces lejanas. Frunció el ceño, desorientada. Se levantó con pasos lentos y caminó hasta la ventana, corriendo un poco la cortina.
El aire le abandonó los pulmones.
Allí estaba.
Lissandro, de pie frente a Lucía, con la chaqueta abierta, el rostro desencajado y la mirada ardiendo de desesperación. Lo veía mover las manos, suplicar con gestos torpes,