Los días pasaron lentos, pesados como plomo. Anna intentaba mantener la mente ocupada, ayudando a Lucía en casa, leyendo, cocinando, pero nada funcionaba. Cada gesto cotidiano la devolvía a él: a la forma en que le servía chocolate caliente, a la manera en que le cantaba al oído, a la ternura de sus abrazos en el río o en la playa o en su propio departamento.
Una tarde, mientras doblaba una manta en el sofá, no soportó más y se lo confesó.
—No dejo de pensar en él… —admitió en voz baja, con los